Bienvenidos a la Bahía

Mostrando entradas con la etiqueta Dominique Venner. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dominique Venner. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de enero de 2014

El individualismo: origen de la corrupción

.
Por Dominique Venner
En Europa, desde la más remota Antigüedad, siempre había dominado la idea de que cada individuo era inseparable de su comunidad, clan, tribu, pueblo, polis, imperio, al que se encontraba unido por un vínculo más sagrado que la propia vida. Esta indiscutida conciencia, de la que la Ilíada nos ofrece la más antigua y poética expresión, tomaba formas diversas. Basta pensar en el culto a los ancestros a quienes la polis debía su existencia, o a la lealtad hacia el príncipe era la expresión visible de la misma. Una primera fue la introducida por el individualismo del cristianismo primitivo. La idea de un dios personal permitía emanciparse de la autoridad hasta entonces indiscutida de los dioses étnicos de la polis. Sin embargo, impuesta por la Iglesia, se recompuso la convicción de que ninguna voluntad particular podía ordenar las cosas a su antojo.
Pero ya se había sembrado el germen de toda una revolución espiritual. Reapareció de forma imprevista con el individualismo religioso de la Reforma. En el siglo siguiente se desarrolló la idea racionalista de un individualismo absoluto vigorosamente desarrollada por Descartes (“pienso, luego existo”). El filósofo también hacía suya la idea bíblica del hombre dueño y señor de la naturaleza. Sin duda, en el pensamiento cartesiano, el hombre estaba sujeto a las leyes de Dios, pero éste había dado un muy mal ejemplo. Contrariamente a los dioses antiguos, no dependía de ningún orden natural anterior y superior a él. Era el único y omnipotente creador de todo, de la vida y de la propia naturaleza, según su exclusivo designio. Si semejante Dios había sido el creador desprovisto de todo límite, ¿por qué los hombres no estarían, a su vez, liberados de todo límite?
Puesta en marcha por la revolución científica de los siglos XVII y XVIII, esta idea ya no tuvo a partir de entonces el menor límite. En ella consiste lo que denominamos la “modernidad”: esa idea según la cual los hombres son los propios autores de sí mismos y pueden remodelar el mundo a su antojo. Sólo hay un principio: la voluntad y el capricho de cada cual. Por consiguiente, la legitimidad de una sociedad ya no depende de su conformidad con las leyes eternas del etnos. Sólo depende del momentáneo consentimiento de las voluntades individuales. Dicho de otra manera, sólo es legítima una sociedad contractual, derivada de un libre acuerdo entre partes que encuentran en tal pacto su propio beneficio.
Si el interés personal es el único fundamento del pacto social, no se ve qué es lo que podría prohibir que cada cual se aproveche de ello lo mejor que pueda, según sus intereses y sus apetencias, llenándose el bolsillo si su cargo le ofrece tal oportunidad. Tanto más cuanto que el discurso de la sociedad mercantil, por intermedio de la publicidad, establece para todos la obligación de disfrutar, o más exactamente de existir exclusivamente para disfrutar.
Pese a esta lógica individualista y materialista, el lazo comunitario del nacimiento y de la patria se había mantenido durante mucho tiempo, con las obligaciones que de ello se derivan. Este vínculo se ha ido destruyendo poco a poco en toda Europa en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, mientras triunfaba la sociedad de consumo procedente de Estados Unidos. Nuestras naciones han dejado de ser poco a poco una nación (basada en la natio, en el nacimiento común) para convertirse en una suma de individuos reunidos para pasarlo bien o satisfacer lo que por su interés entienden. A la antigua obligación de “servir” la ha sustituido la tentación general de “servirse”. Tal es la lógica consecuencia del principio que funda la sociedad en los exclusivos derechos humanos, es decir, en el interés de cada cual.
Fuente: El Manifiesto

jueves, 9 de enero de 2014

El Guerrero y la Ciudad

.
.
Por Dominique Venner

En 1814, al final de las Guerras Napoleónicas, Benjamin Constant escribió con alivio: “Hemos llegado a la era del comercio, la era que debe necesariamente reemplazar a la de la guerra, tal como la era de la guerra tuvo que necesariamente precederle.” ¡Iluso Benjamin! Asumió la demasiado extendida idea del progreso indefinido apoyando el advenimiento de la paz entre hombres y naciones.

La era del comercio suave reemplazando a la de la guerra… ¡Sabemos lo que el futuro hizo de esta profecía! La era del comercio se impuso, de hecho, pero multiplicando las guerras. Bajo la influencia del comercio, la ciencia y la industria –en otras palabras, “el progreso” – las guerras incluso tomaron proporciones monstruosas que nadie hubiera jamás imaginado.

Hubo, sin embargo, algo de verdad en las falsas predicciones de Constant. Si bien las guerras continuaron e incluso prosperaron, por otro lado, la figura del guerrero perdió su prestigio social en beneficio de la sospechosa figura del mercader. Éste es el nuevo tiempo en el que aún vivimos, por el momento.

La figura del guerrero fue destronada, aún cuando la institución militar ha perdurado más que ninguna otra en Europa desde 1814. Ha perdurado desde el tiempo de la Ilíada –treinta siglos– mientras se transforma, adaptándose a todos los cambios; los de la época, los de las guerras, los de las sociedades y regímenes políticos, pero aún sigue preservando su esencia, el ser la religión del orgullo, del deber y el coraje. Esta permanencia a través de los cambios es sólo comparable con otra imponente institución: la Iglesia (o las iglesias). El lector está conmocionado. ¡Una sorprendente comparación! Y hay más aún…

¿Qué es el Ejército desde la Antigüedad? Es una institución cuasi-religiosa, con su propia historia, héroes, reglas y ritos. Una institución muy antigua, incluso más vieja que la Iglesia, nacida de una necesidad tan remota como la humanidad, y la cual ahora está cerca de extinguirse. Entre los europeos, nació de un espíritu que es propio de ellos y el cual  –a diferencia de la tradición China, por ejemplo– hace de la guerra un valor en sí mismo. En otras palabras, que nació de una religión civil originada a partir la guerra, cuya esencia, en una palabra, es la admiración por el coraje ante el rostro de la muerte.

Esta religión puede definirse como la de la ciudad, en el sentido griego o romano de la palabra. En un lenguaje más moderno, es una religión de la patria, sea de la grande o de la pequeña. Como Héctor dijo hace treinta siglos en el duodécimo libro de la Ilíada, para eludir un mal presagio: “No es por un buen resultado que luchamos por nuestra patria” (XII, 243). Patria y coraje están conectados. En la última batalla de la Guerra de Troya, sintiéndose amenazado y condenado, Héctor se aparta a sí mismo de la desesperanza con este grito: “¡Oh, bien! No, no moriré sin luchar, no sin gloria, no sin un gran acto que sea recordado en los tiempos por venir” (XXII, 304-305). Uno halla este clamor de trágico orgullo en todas las épocas de una historia que glorifica al héroe desventurado, engrandecido por una derrota épica: las Termópilas, la Canción de Rolando, Camerone o Diên Biên Phu.

Cronológicamente, el clan guerrero aparece antes que el Estado. Rómulo y sus belicosos compañeros trazaron primero los futuros límites de la Ciudad y establecieron su inflexible ley. Por haberla transgredido, Remo fue sacrificado por su hermano. Entonces, y sólo entonces, los fundadores raptaron a las Sabinas para asegurar su descendencia. En la fundación del estado europeo, el orden de los guerreros libres precede al de la familia. He aquí por qué Platón dijo que Esparta estaba más cerca del modelo de ciudad griega que Atenas. [1]

Aunque puedan ser débiles, los ejércitos europeos actuales constituyen islas en un entorno desmoronado donde estados ficticios promueven el caos. Aún disminuido, un ejército permanece como una institución basada en la férrea disciplina y participante en la disciplina cívica. Por esta razón, esta institución carga en ella una semilla genética de restauración, no por procurar el poder o militarizar a la sociedad, sino para reafirmar la primacía del orden por sobre el desorden. Es lo que las compagnonnages de la espada hicieron luego de la desintegración del Imperio Romano y muchos otros después de eso.

1. En Les métamorphoses de la cité, essai sur la dynamique de l’Occident (Paris: Flammarion, 2010), basado en la lectura de Homero, Pierre Manent destaca el rol de las aristocracias guerreras en la fundación de la antigua Ciudad.

Fuente: Counter-Currents 
[Traducción corregida por Augusto Bleda para El Frente Negro]

sábado, 21 de septiembre de 2013

Vivir de acuerdo a la Tradición

.
.
Por Dominique Venner

Todo gran pueblo posee una tradición primordial que es diferente de todas las demás. Ella está en el pasado y en el futuro, en el mundo de las profundidades, es la piedra angular que sirve de soporte, la fuente desde donde se puede extraer tanto como uno vea conveniente. Es el eje estable en el centro de la rueda del cambio. Tal como Hannah Arendt dijo, es la "autoridad que elige y nombra, transmite y conserva, indica donde se encuentran los tesoros y cual es su valor".

Esta concepción dinámica de la tradición es diferente de la noción guenoniana, de un única universal tradición hermética que se supone común a todos los pueblos y todos los tiempos, y que se origina en la revelación de un "más allá" no identificado. Que tal idea sea decididamente a-histórica no ha molestado a sus teóricos. En su punto de vista, el mundo y la historia, sea por tres o por miles de años, no es más que una regresión, una involución fatal, la negación del mundo de lo que ellos llaman "Tradición", la de una edad de oro inspirada en las cosmologías védicas y hesíodicas. Uno debe reconocer que el anti-materialismo de esta escuela es estimulante. Por otro lado, su sincretismo es ambiguo, hasta el punto de llevar a algunos de sus adeptos, y no a pocos de ellos, a convertirse al Islam. Además, su crítica de la modernidad sólo ha llevado a una confesión de impotencia. Incapaz de ir más allá de una crítica a menudo legítima y proponer una forma alternativa de vida, la escuela tradicionalista se ha refugiado en una espera escatológica de la catástrofe. (1) Aquello que es pensamiento de alto nivel en Guenón o en Evola, a veces se convierte en retórica estéril entre sus discípulos. (2) Mas pese a cualquier reserva que podamos tener con respecto a las afirmaciones de Evola, siempre estaremos en deuda con él por haber demostrado enérgicamente en su obra, que detrás de todas las específicas referencias religiosas, hay un camino espiritual tradicional que se opone al materialismo del que la Ilustración fue expresión. Evola no fue sólo un pensador creativo, él también puso a prueba, en su propia vida, los valores heroicos que desarrolló en su obra.

Con el fin de evitar toda confusión con el significado corriente de los antiguos tradicionalismos, más allá de que tan respetables sean, nosotros sugeriremos un neologismo, el de "tradicionismo".

Para los Europeos, así como para otros pueblos, la tradición auténtica sólo puede ser la suya propia. Esa tradición es la que se opone al nihilismo a través del retorno a las fuentes específicas del alma ancestral Europea. Contrariamente al materialismo, la tradición no da cuenta de lo superior a través de lo inferior, de la ética a través de la herencia, de la política a través de los intereses, del amor a través de la sexualidad. Sin embargo, la herencia tiene un papel en la ética y la cultura, el interés tiene su parte en la política y la sexualidad tiene su parte en el amor. Sin embargo, la tradición los ordena jerárquicamente y construye la existencia personal y colectiva desde arriba hacia abajo. Al igual que en la alegoría del Timeo de Platón, el espíritu soberano, recostado en la valentía del corazón, ordena los apetitos. Pero eso no quiere decir que el espíritu y el cuerpo puedan ser separados. De la misma manera, el amor auténtico es a la vez una comunión de almas y una una armonía carnal.

La tradición no es una idea. Es una manera de ser y de vivir, que sigue el precepto del Timeo: "el objetivo de la vida humana es establecer orden y armonía en el propio cuerpo y en la propia alma, a imagen del orden cósmico". Esto quiere decir que la vida es un camino hacia este objetivo.

En el futuro, el deseo de vivir de acuerdo con nuestra tradición se hará sentir cada vez con más fuerza, a medida que se exacerbe el caos nihilista. Con el fin de encontrarse a sí misma de nuevo, el alma Europea, tan a menudo tendiente hacia la conquista y el infinito, está destinada a retornar a sí misma a través de un esfuerzo de introspección y conocimiento. Su tan rico aspecto Griego y Apolíneo ofrece un modelo de sabiduría en la finitud, su ausencia se tornará cada vez más y más dolorosa. Pero este dolor es necesario. Uno ha de atravesar la noche si quiere alanzar el amanecer.

Para los Europeos, vivir de acuerdo a su tradición, ante todo, ha de suponer un despertar de la conciencia, una sed de verdadera espiritualidad, practicada a través de la reflexión personal mientras se está en contacto con un pensamiento superior. El nivel educativo no constituye una barrera para uno. "El aprendizaje de muchas cosas", dijo Heráclito, "no enseña el entendimiento". Y añadió: "A todos los hombres les es concedida la capacidad de conocerse a sí mismos y pensar correctamente." También uno debe practicar la meditación, aunque la austeridad no es necesaria. Jenófanes de Colofón proporcionó incluso estas amables instrucciones: "Uno debe tener esta conversación a la orilla del fuego en la temporada de invierno, acostado en un sofá suave, bien alimentado, bebiendo vino dulce y mordisqueando arvejas: "¿Quién eres tú entre los hombres, y de dónde eres?". Epicuro, que era más exigente, recomendó dos ejercicios: llevar un diario personal e imponerse a uno mismo un examen de conciencia todos los días. Eso mismo era lo que los estoicos practicaban también. Con las Meditaciones de Marco Aurelio, ellos nos legaron un modelo para todos los ejercicios espirituales.

Tomar notas, leer, releer, aprender, repetir diariamente algunos aforismos de un autor asociado a la tradición, es lo que proporciona a uno un punto de apoyo. Homero o Aristóteles, Marco Aurelio o Epicteto, Montaigne o Nietzsche, Evola o Jünger, poetas que nos elevan y memorialistas que incitan a la distancia. La única regla es elegir aquello que eleva mientras se disfruta la propia lectura.

Vivir de acuerdo a la tradición es ajustarse al ideal que encarna, cultivar la excelencia en relación a la propia naturaleza para encontrar nuestras raíces de nuevo, es transmitir la herencia y permanecer unido con la propia comunidad. Significa además expulsar el nihilismo de uno mismo, incluso cuando uno esté obligado a fingir rendir tributo a una sociedad que sigue siendo subyugada por el nihilismo a través de los vínculos de deseo. Esto implica una cierta frugalidad, imponerse límites con el fin de liberarse de las cadenas del consumismo. También significa encontrar el propio camino de vuelta a la percepción poética de lo sagrado en la naturaleza, en el amor, en la familia, en el placer y en la acción. Vivir de acuerdo con la tradición significa dar forma a la propia existencia, siendo un exigente juez para con uno mismo, volviendo la propia mirada hacia la despierta belleza de nuestro corazón, en lugar de hacia la fealdad de un mundo en descomposición.

(1) Hablando en general, el pesimismo intrínseco del pensamiento contra-revolucionario - con el que Evola se distingue a sí mismo - proviene de una fijación con las formas (de instituciones sociales y políticas) en detrimento de la esencia de la cosas (que persiste detrás del cambio).

(2) El académico Marco Tarchi, quien durante mucho tiempo ha estado interesado en Evola, ha criticado en él un discurso estéril poblado por sueños de "guerreros" y "aristócratas" (cf. revista "Vouloir", Bruselas, enero-febrero de 1991. Esta revista es editada por el filólogo Robert Steuckers).

* Extracto de la obra Histoire et traditions des Européens. Traducido de la versión inglesa Living in Accordance with Our Tradition de Giuliano Malvicini, por Augusto Bleda para El Frente Negro.