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miércoles, 2 de octubre de 2013

Heráclito por Spengler (II) Su estilo y su arte

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Por Oswald Spengler

Por cada pensador hay una forma del pensamiento que, surgiendo de las mismas causas psíquicas, que la manera de considerar el mundo y los resultados del pensamiento, está fuertemente vinculada con éstos. En sentido más amplio, tiene valor no solamente como manera instintiva de conducción lógica del pensamiento, sino también como método inconsciente en la elección y evaluación de impresiones de cualquier naturaleza, como intermediario entre personalidad y sistema, y, en particulares circunstancias, aun como impulso independiente para la formación de las ideas. El estilo del pensamiento y la doctrina en sí mismos tienen afinidades. Para la filosofía heraclítea esta circunstancia es importante. Heráclito estaba en las felices condiciones - en un tiempo en que el pensamiento era ingenuo, todavía inmaduro para la reflexión sobre sí mismo - de poder sacar agua del pozo lleno, abandonándose a sus deseos, sin estar constreñido, por la presencia de importantes predecesores en su campo de trabajo, a limitarse a la indagación de pormenores entre direcciones bien determinadas. Esta es una condición afortunada, de que tuvo conciencia Goethe, cuando una vez la puso de relieve: “Cuando tenía yo dieciocho años, también Alemania tenía sólo tal edad”. (Eckermann, Conversaciones con Goethe, I,  15 de febrero de 1824.)

Si Heráclito, por su manera de considerar el mundo, era aristocrático, por todo su procedimiento mental puede ser designado como psicólogo. Los dos están en una relación que se observa a menudo. Con esto no se quiere definir el sujeto de sus indagaciones, sino indicar su método de tratarlas. No considera la naturaleza en sí misma, como objeto, según el fenómeno, el origen y el fin; su procedimiento es mucho más un análisis de los procesos naturales, en cuanto son procesos, modificaciones, en cuanto tienen sus relaciones regidas por leyes;  su sistema puede ser denominado una psicología de los acontecimientos del mundo. Por el hecho de formular así un nuevo planteamiento del problema filosófico, surgen también nuevos problemas. Heráclito puede ser considerado como el primer filósofo social, el primer estudioso de la teoría del conocimiento, el primer psicólogo. Sus aforismos sobre los hombres no son sentencias de tendencia ética, como los gnomos de Bias o Solón, sino consideraciones, por primera vez realmente observadas, del todo objetivas, que evitan completamente el tono didáctico.

En fin, no olvidamos una diferencia esencial que separa a Heráclito y a toda la filosofía griega de la más reciente. El pueblo, cuyos fundamentos de educación eran la gimnasia, la música y Homero, que inventó para el mundo la palabra kósmos (orden, arreglo del mundo), porque veía en él ante todo el sentido del orden y de la pulcritud, no consideraba la filosofía propiamente como una ciencia (las indagaciones científicas abstractas siempre fueron subordinadas al fin terminal metafísico), sino como el camino para alcanzar una imagen del mundo que le permitiera abarcar su posición en el universo, y como una oportunidad para exteriorizar su alegría por crear formas. Sería equivocado considerar el pensamiento helénico, que surgió bajo el libre cielo, en un paisaje del sur, soleado, de una vida alegre y llena de movimiento, inferior al nuestro, por ese parentesco con el arte, que nos queda extraño. Para el heleno del período clásico, la filosofía es arte formativa, arquitectónica, del pensamiento. La fuerza plástica del heleno, su capacidad para someter todo lo aprendido (y lo que crea por sí mismo) a un estilo unívoco, es asombrosa; y de este sentido de la forma surge la inclinación a concebir los sistemas filosóficos como obras de arte.
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lunes, 9 de septiembre de 2013

Heráclito, un revolucionario conservador

~ Ártemis de Éfeso, guardiana del libro de Heráclito ~
Por Theodor Gomperz

Presentamos completo el capítulo dedicado a Heráclito de la obra "Pensadores Griegos" de Theodor Gomperz. Resulta vital para la discusión sobre el aspecto político del pensamiento del Oscuro.

Lejos del abigarrado tumulto del mercado y de los astilleros retumbantes de Mileto, a la sombra de un santuario ha nacido la doctrina de Ηeráclito [66]. Es éste en nuestra revista panorámica el primer sabio del mundo que no calcula, ni mide, ni traza, ni experimenta; una cabeza especulativa cuya amplitud de espíritu debe ser conceptuada como milagrosa y que aun hoy día solaza y nutre nuestro entendimiento. Pero al propio tiempo un mero filósofo en el sentido menos agradable de la palabra, es decir, un hombre que no es maestro en ninguna disciplina de la ciencia y que se erige en juez de todos los maestros. Numerosos fragmentos de su obra profunda, llena de alegorías y redactada en un lenguaje no del todo exento de amaneramientos, y pocas pero significativas noticias de su vida, nos permiten familiarizarnos con la figura imponente del "oscuro" mejor que con la de cualquiera de sus antecesores y contemporáneos dedicados a la filosofía. Bien pronto por cierto tejió la leyenda su trama en torno de la cabeza del filósofo "lloroso". Las fechas de su nacimiento y de su muerte nos son desconocidas. Su apogeo ha sido fijado alrededor de la 69º olimpíada (504-501) basándose para ello probablemente en un acontecimiento determinado en el cual había participado. Pues este descendiente de los reyes municipales de Éfeso, que pudo haber reclamado para sí el cargo de rey sacerdotal, pero al que renunció en favor de su hermano, intervino sin duda en forma activa y repetidas veces en los destinos de su patria, como por ejemplo cuando indujo al príncipe municipal Melancomas a abdicar de su gobierno [67]. Mas la redacción de su obra difícilmente puede haber tenido lugar antes de 478, deducción que se basa en las condiciones políticas que la misma refleja.

La soledad y la belleza natural fueron las musas de Heráclito. Orgulloso, lleno de invencible confianza en sí mismo, no se ha sentado a los pies de ningún maestro. Pero cuando el joven, entregándose a la meditación recorría las alturas que rodean a su ciudad natal, alturas de una belleza admirable y cubiertas de una vegetación de casi tropical exuberancias [68], entonces más de un presentimiento de la vida cósmica y de sus leyes penetraba su alma ansiosa de saber. Los grandes poetas de su pueblo habían nutrido su imaginación infantil, dotándola de espléndidas visiones, pero no bastaban sus creaciones para brindar a su mente madura una satisfacción duradera. Pues ; ya se habían suscitado dudas —Jenófanes fue el primero— respecto de la realidad de las creaciones míticas, y ya se había inculcado en las almas sensibles un ideal más elevado, del que distaban mucho los dioses homéricos, presos de vicios y pasiones humanas. Heráclito no desea ver cubierto de altos honores al poeta que en unión de Hesíodo (por citar palabras del historiador Herodoto) ha creado la mitología de los griegos; bien al contrario, preferiría contemplarlo "excluido de las conferencias públicas y azotado con la vara". A todas las creaciones de la creencia popular se enfrenta con igual hostilidad: a la adoración de los ídolos que no es otra cosa que "charlar con las paredes"; a la ofrenda de sacrificios, que suplanta una mancha con "otra, "como si el que ha pisado fango quisiera lavarse con fango", a los ejercicios "desvergonzados" del culto de Dionisos no menos que a las "consagraciones nefastas" de los misterios. Tampoco la "polimatía" o "sabiondez" de Hesíodo, "a quien la mayoría sigue como a su maestro", escapa a su vituperio, así como la del matemático filosofante Pitágoras o la del rapsoda filósofo Jenófanes o la que demuestra poseer el historiador y geógrafo Hecateo. Él ha aprendido de todos ellos, pero a ninguno rinde culto. Sólo para la sencilla sabiduría práctica de Bías encuentra una palabra de elogio efusivo. Fuertemente influido por, Anaximandro, demuestra su agradecimiento hacia el mismo no incluyéndolo —como tampoco a Tales y Anaxímenes — entre los tan criticados maestros de la "sabihondez" que "no plasma el espíritu". Todo lo mejor cree deberlo a sí mismo; pues de "todos los discursos que ha oído, ninguno ha alcanzado la verdadera comprensión". Si se encara a los poetas y pensadores, en parte con sombrío encono, en parte con fría desconfianza ¡cuan grande no será su desprecio por la masa del pueblo! En efecto, sus injurias caen como mazazos sobre ésta: "se llenan la panza como animales" y "millares de ellos no pesan lo que un. espíritu selecto". ¿Cómo puede pretenderse que el injuriador de la plebe" [69] quisiese conquistar el favor de las multitudes y que a tal efecto se hubiera preocupado tan sólo de procurar la fácil comprensión de sus exposiciones? A po­cos elegidos se dirige su sabiduría enigmática, sin preocuparse de los más que se parecen a los perros que "ladran a quien no conocen" o también al asno que "prefiere el atado de heno al oro". Ve anticipadamente el reproche que encontrará la forma sibilina y el sombrío contenido de su obra, pero se le adelanta señalando los modelos más gloriosos. El dios pitio "no declara ni oculta, sino insinúa", y "la voz de la sibila que con boca furiosa anuncia cosas ingratas, sin unción y sin afeites", atraviesa los siglos por virtud del dios que habla por su intermedio. Y la recompensa tardía le basta, pues "hay algo que los espíritus eximios prefieren a todo lo demás, la gloria póstuma inextinguible".

jueves, 5 de septiembre de 2013

Los Opuestos y el Cosmos Eterno Heracliteo

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Por Rodolfo Mondolfo 

- Reseña, en lo tocante a Heráclito, de la obra de John Burnet, Early Greek Philosophy (1983) -

(...) Burnet vincula con el momento histórico y el renacimiento religioso de la época el tono profético e inspirado que se encuentra en Heráclito tal como en Píndaro, Esquilo y otras grandes personalidades del mismo tiempo. (...) El gran descubrimiento que Heráclito se jacta de haber cumplido (dice Burnet) es el de la unidad de los contrarios que convierte la lucha de ellos en armonía. Anaximandro había considerado como mal e injusticia la división de lo Uno en los opuestos; Heráclito, en cambio, afirma que la unidad de lo Uno está justamente en la tensión contraria de los opuestos. Uno y múltiple son coeternos e idénticos; la oposición y la lucha son la justicia soberana. Por eso elige como sustancia universal el fuego «siempre viviente», cuya vida es flujo y cambio incesante. (...)

Heráclito, sostiene Burnet, declara eterno al cosmos, y por eso debe haber pensado en una permanencia constante del conflicto de fuego y agua del que habla el escrito hipocrático Sobre el régimen. Un instante sólo de conflagración universal destruiría la tensión de los contrarios y volvería así imposible el nacimiento de un nuevo mundo. La tensión de los contrarios constituye la «armonía oculta» del universo, es decir, su estructura por tensiones opuestas como las del arco o la lira. La guerra reina en todo el cosmos tal como entre los hombres; sin contrastes no habría vida ni armonía. Los opuestos son correlativos por ser las dos caras de toda realidad, las que no pueden existir una sin otra, como día y noche, hambre y hartura, reposo y movimiento; camino arriba y abajo, frío y calor, seco y húmedo, bien y mal, etc.

La lucha entre ellos es justicia y ley divina eterna; los contrarios se unifican y coinciden en Dios, para quien todos son buenos a pesar de las distinciones humanas entre cosas buenas y malas. Dios, unidad de todos los opuestos, única sabiduría, no puede pensarse antropomórficamente; Heráclito continúa la lucha de Jenófanes contra la religión vulgar; en cambio Burnet se niega a considerarlo con Pfleiderer vinculado con la religión de los misterios. Su religión es una religión de la unidad universal que es armonía de los opuestos; ésta es la única Sabiduría o «lo común» a todos los seres (contrario, sin embargo, al «Sentido común» u opinión vulgar de la masa) a que debe inspirarse la ética del sabio, quien mira en la ley divina, reconociendo en las mudables leyes humanas copias imperfectas del ejemplar único eterno.

* MONDOLFO, R., <<Interpretaciones de Heráclito en el último medio siglo>> en SPENGLER, O.Heráclito. 1947. Buenos Aires. Espasa-Calpe. págs. 19-23.

viernes, 30 de agosto de 2013

Heráclito: un conservador-revolucionario

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Por Rodolfo Mondolfo

El año anterior a la publicación del ensayo de Spengler había salido en Viena la segunda edición del primer tomo de la obra mayor de Theodor Gomperz, Griechische Denker, cuya primera edición en cuadernos, realizada de 1893 a 1902, había excitado gran interés entre los helenistas, quedando empero desconocida a Spengler que sólo cita un escrito anterior de Gomperz (de 1886, en Wiener Sitzungsberichte).

Gomperz incluye a Heráclito entre los naturalistas jónicos, vinculándolo - a pesar de su soberbia presunción de no deber nada a ningún maestro - con la escuela de Mileto y especialmente  de Anaximandro. Lo considera el primer cerebro especulativo entre los griegos, justificando en parte su orgullo por la superioridad de su sabiduría enigmática, que lo hace menospreciador de los poetas mitólogos y del vulgo que los sigue, así como de la erudición (polymathia) de los investigadores antecedentes. La originalidad de Heráclito no está para Gomperz en su teoría de la materia primordial - el fuego el más apto para el proceso de la vida universal que nunca tiene descanso -, ni en la de los ciclos de transformación v recuperación del fuego (caminos hacia abajo y hacia arriba, coincidentes e idénticos), sino en el descubrimiento de las relaciones entre la vida de la naturaleza y la del espíritu, por cuyo motivo el orden natural se le muestra, más que a Anaximandro, como un orden moral.

El principio universal divino representa para Heráclito la inteligencia y vida universales (Zeus), que en todo ser, así como en el cosmos entero, se manifiestan como ciclo incesante de construcción y destrucción, que se ha realizado y se realizará infinitas veces en el transcurso infinito del tiempo. La teoría de los ciclos cósmicos está asociada con la del flujo universal de la materia «eternamente viviente», comparable con el fluir de un río cuya agua cambia sin cesar. Todo se mueve y cambia aun cuando su transformación escapa a nuestra percepción; lo cual parece a Gomperz una anticipación heraclítea del descubrimiento de los movimientos invisibles que la teoría atomista más tarde explicará.

Como contraparte del cambio incesante, Heráclito afirma la coexistencia de los opuestos, en la cual Gomperz ve presentarse la relatividad de las propiedades: ambas llevan a la negación de toda estabilidad del ser y a la identidad de los contrarios, cuyo carácter paradójico satisface de manera particular a Heráclito, quien prefiere las aseveraciones oscuras y enigmáticas. Sin embargo, sus exageraciones y orgías especulativas sirven para dar relieve a verdades no reconocidas antes de él. Heráclito habría puesto así de relieve el principio de la relatividad, en las sensaciones relativas al individuo, en las instituciones relativas a los tiempos; todo lo cual explica y justifica cambios y contradicciones de que no podía dar cuenta una concepción rígida y estática de la realidad.

Llegamos así a la coexistencia de los contrarios convertida en fundamento de toda valoración, de toda vida v actividad, de toda armonía. El conflicto es padre y rey de todos los seres, de toda jerarquía de valores, que no podrían producirse sin el choque de fuerzas opuestas en el cosmos y la sociedad humana. De allí la exaltación de los héroes muertos en la batalla.

Sin embargo, Heráclito nos reserva una sorpresa aun mayor con la intuición de una ley única que domina en la vida de la naturaleza tal como en la de los hombres: ley de medida, ley divina, logos eterno, cuyo imperio universal se substituye a la multiplicidad arbitraria de los dioses del politeísmo. Gomperz juzga semejante idea inspirada a Heráclito por los descubrimientos pitagóricos de la ley del número en la astronomía y la acústica. Ajeno a las investigaciones exactas, Heráclito podía, no obstante, volverse heraldo de la nueva filosofía. Sus explicaciones a menudo son pueriles, pero su intuición genial de las analogías le permite extender de uno a otro campo los descubrimientos ajenos. En esto le sirve también su elección del fuego como materia primordial, que le ayudaba a unificar el mundo natural con el anímico y el social.

Hacia la intuición de la ley universal le empujaba la exigencia de una permanencia eterna frente al flujo universal de las cosas; semejante permanencia la encuentra en la ley inmutable que se unifica con la materia animada e inteligente en la concepción mística de la razón universal. No es fácil de reconocer esta ley o razón universal, porque la naturaleza ama ocultarse; pero (agrega Heráclito) hay que esperar lo inesperado y ver, aun en las leyes humanas, la ley divina que lo domina todo.

Por esta idea de una ley eterna inmutable - dice Gomperz - pudo Heráclito ser fuente de una corriente religiosa y conservadora; por el principio de la relatividad, en cambio fue iniciador de una corriente escéptica y revolucionaria. Por un lado procede de él el fatalismo resignado de los estoicos y la identidad hegeliana de racional y real; por el otro el radicalismo de la izquierda hegeliana y de Proudhon. Puede decirse, concluye Gomperz, que Heráclito es conservador porque ve en toda negación el elemento positivo; es revolucionario porque en toda afirmación ve el elemento negativo. La relatividad le inspira la justicia de sus valoraciones históricas, pero le impide considerar como definitiva cualquier institución existente.
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~ Von Thronstahl - Adoration to Europa ~
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* MONDOLFO, R., <<Interpretaciones de Heráclito en el último medio siglo>> en SPENGLER, O. Heráclito. 1947. Buenos Aires. Espasa-Calpe. p.15-17.

sábado, 24 de agosto de 2013

Heráclito y el momento de luchar

~ Stanley Meltzoff - Thermopylae ~
Fragmentos de Heráclito en la traducción de Rodolfo Mondolfo*, el número rojo indica la numeración establecida por la edición de Diels-Kranz, y entre paréntesis, la fuente que los transmite. 

4. (de Albertus M., De veget., VI, 401, p. 545 Meyer)
[Dijo Heráclito que] si la felicidad estuviera en los deleites del cuerpo, llamaríamos felices a los bueyes cuando encuentran legumbres para comer.

29. (de Clem., Stromat., V, 60)
Prefieren, pues, los mejores, una cosa única en vez de todas [las demás], gloria eterna antes que cosas mortales; la mayoría, en cambio, quiere atiborrarse como ganado.


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24. (de Clem., Stromat., IV, 16) 
A los muertos por Ares (= en la batalla) los honran dioses y hombres.

53. (de Hippol., Refut., IX, 9, 4)
Pólemos (la guerra) es el padre de todas las cosas y el rey de todas, y a unos los revela dioses, a los otros hombres, a los unos los hace libres, a los otros esclavos.

80. (de Orig., Contra Cels., VI, 42)
 Es preciso saber que la guerra es común [a todos los seres], y la justicia es discordia, y todas las cosas se engendran por discordia y necesidad. 

MONDOLFO, R. Heráclito. Textos y problemas de su interpretación. Siglo XXI. Méjico. 2007. p.31-34

sábado, 10 de agosto de 2013

La vida de Heráclito por Diógenes Laercio

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Presentamos íntegra una de las fuentes más importantes para el estudio de Heráclito, la Vida de Diógenes Laercio (s. III d.c.), quien a partir de citas textuales construye anécdotas que retratan de modo vivaz la personalidad del efesio.
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Por Diógenes Laercio

~  IX. Heráclito (acmé 500 a. C.)  ~

1. Heráclito de Éfeso fue hijo de Blosón o, según algunos, de Heraconte. Tuvo su momento de plenitud en la Olimpiada sesenta y nueve (1). Fue, más allá que cualquier otro, altanero y despectivo, como se ve incluso por su propio libro, en el que dice: «La erudición no enseña a tener entendimiento. Pues, en ese caso, se lo habría enseñado a Hesíodo y a Pitágoras, y también a Jenófanes y a Hecateo» (2). Pues consiste en «una sola cosa la sabiduría: conocer el designio que lo gobierna todo a través de todo» (3). Y comentaba que Homero merecía ser expulsado de los certámenes y apaleado, y de igual modo Arquíloco (4).

2. Decía también que «es preciso extinguir la desmesura más que un incendio» (5), y que «debe el pueblo combatir en defensa de la ley como en defensa de la muralla» (6). Recrimina además a los efesios por haber desterrado a su camarada Hermodoro, cuando dice: «Sería justo que todos los efesios adultos se ahorcaran y dejaran la ciudad a los impúberes, ellos que expulsaron a un hombre más valioso que los demás, Hermodoro, diciendo: ninguno ha de ser muy valioso entre nosotros. Si hay alguien así, a otra parte y con otros váyase» (7). Al ser elegido para establecer leyes para sus conciudadanos, rehusó por estar ya regida la ciudad por un régimen depravado

3. Retirándose al templo de Ártemis, jugaba a las tabas con los niños. Como le rodeaban en corro los efesios les dijo: «¿De qué os sorprendéis, gente ruin? ¿Acaso no es mejor hacer esto que gobernar la ciudad en vuestra compañía?». Y al final volviéndose misántropo y apartándose a los montes, allí vivía, alimentándose de hierbas y verduras. Sin embargo, por este modo de vida, enfermó de hidropesía y regresó a la ciudad, donde comenzó a preguntar enigmáticamente a los médicos si podían obtener sequedad a partir de un exceso de agua. Como ellos no le comprendieron, se enterró en un establo de bueyes, con la esperanza de que bajo el calor animal de las boñigas se evaporaría la humedad de su cuerpo. Pero sin conseguir nada tampoco por este medio, murió tras vivir sesenta años.

 
~  Richard Strauss - Ein Heldenleben, por G. Prêtre y la Filarmónica de Viena ~

martes, 6 de agosto de 2013

Heráclito por Spengler (I). Su personalidad.

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Presentamos la primera entrega de pasajes seleccionados de la obra Heráclito de Oswald Spengler. Esta vez, el segundo capítulo completo de la introduccion (II).
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Por Oswald Spengler

Para la comprensión de esta doctrina sería un obstáculo no tener conocimiento de la gr ande y trágica personalidad de Heráclito. No podríamos comprender por qué este filósofo tradujo el agón (la lucha), la más alta costumbre de su tiempo, en costumbre del cosmos, y qué entendía por el fuego, al que atribuía el papel principal en el universo. Su doctrina es, aun por esta época y para un griego, personal en un grado inacostumbrado, sin que se tengan muchas noticias acerca de él mismo.

Vemos a un hombre cuyos sentimientos y pensamientos estaban del todo bajo el dominio de una desenfrenada inclinación aristocrática; tenía hacia ésta una fuerte disposición por nacimiento y educación, que había sido estimulada y aumentada por la resistencia y las desilusiones. En eso hay que buscar el motivo fundamental de todo rasgo de su vida y toda singularidad de su pensamiento. También en la enérgica concentración del sistema, en su alejamiento y desprecio de todas las particularidades y cosas accesorias, en su exposición mediante locuciones concisas, fuertes, comunes solamente a él, reconocemos la mano del aristócrata.

La nobleza helénica (1), cuyo ocaso se verifica en esta época, ha creado el período más bello y más importante dela cultura helénica. Ha determinado para siempre, por sus costumbres, el tipo del perfecto heleno, una cultura incomparablemente alta y noble del hombre individual (kalokagathía =probidad); ella representa no solamente derechos o intereses, sino una manera de considerar el mundo y un hábito (Burkhardt). Era una casta altiva, feliz, que exigía mandar o estaba acostumbrada a eso, orgullosa de su sangre, de su rango, de sus armas, de su antibanausia (desprecio del trabajo manual); ella por sí sola poseía la intelectualidad y el arte. Se puede comprender el enorme poderío ético de la casta y de su concepto de vida, sobre el espíritu de los individuos particulares. Ella misma podía sucumbir, mas quien estuviera una vez bajo su hechizo, no podía más eximirse de ella. Heráclito poseía de ella toda su conciencia de sí misma y todo su orgullo, una nobleza fuerte, involuntaria, extraña a toda reflexión sobre sí mismo; estaba vinculado con pasión a sus costumbres valerosas, sanas, llenas de la alegría de vivir, de lucha, del afán de conseguir gloria (2). Este hombre orgulloso, rígido, quería la diferencia entre mandador y mandado, honraba las costumbres transmitidas por la antigüedad y sus instituciones (3), que ya no eran más sagradas para la democracia. Era un conocedor demasiado profundo de los hombres para juzgar a los hombres de su tiempo simplemente, sin tener en cuenta el nacimiento y el rango. Creía en la diferencia homérica (4) entre los aristócratas (áristoi), los hombres que tienen un más amplio y noble concepto de la vida, y la muchedumbre (hói pollói) , en la que descubre con mirada aguda y de mofa los defectos de la clase (5) . No se deja arrastrar a atacar y discutir con el pueblo (démos); su buen gusto y su dominio de sí mismo, una de las primeras calidades de los griegos nobles se lo impiden (6) sin ira, sin ultrajar, juzga al pueblo desde arriba, fría, malignamente, con desprecio y asco, a veces escondiendo bajo una observación sarcástica la ira que sube.
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El nombre del filósofo que llora, que la antigüedad le dió, no puede haber surgido sin motivo, eso lo delatan las anécdotas (7) y varios de sus aforismos (8), de los que emana un tono amargo, ofendido. Vinculado por origen y cariño a un ideal de vida, nació en un tiempo en que este ideal no tenía más posibilidad de realización. El poderío y las costumbres s de la nobleza habían decaído o desaparecido. La democracia empezó a dominar. Era demasiado rígido y obstinado para ceder o para inútiles lamentaciones. Uno de los primeros y más influyentes cargos, en Éfeso, que le era destinado por herencia (el de basileús: rey) no era más, para él, lo que habría debido ser.  Renunció a ello. La vida de la pólis (Estado) iba perdiendo la forma aristocrática y la muchedumbre empezaba a gobernar. Entonces abandonó la ciudad, en la que habría podido ser un pequeño potentado, y se refugió en los montes, en una soledad voluntaria, una condición que, para el griego sociable, apegado al destino de su ciudad, significaba lo peor. Se quedó allá irreconciliable, aguantando una forma de vida que hacia el fin le llevó cerca de la locura, si se puede creer en Teofrasto (9).

Como heleno, la gloria, y se podría decir la celebridad, era para él el valer máximo (10). Se puede preguntar si esta soledad que él mismo había elegido, y los rasgos inacostumbrados, que atraían sobre él una atención asombrada, no hayan sido una compensación por la falta de un papel en Éfeso. Todo griego quería ser mencionado por todos, a cualquier precio. Heróstrato es un bien conocido ejemplo de lo que se podía intentar con este fin. Sin embargo, lo mismo vemos también en Alcibíades, Themístocles y cada cual que pueda ser considerado como un auténtico heleno. En Heráclito no podemos absolutamente olvidar ese fatal rasgo del carácter griego. Esta característica que a nuestros ojos aparece innoble, no es un afán que otorga al adversario magnanimidad y estima, sino una envidia incontenible que roe, un odio contra cada uno que fue más afortunado, una intolerancia (que va hasta la autodestrucción) de la conciencia de ser admirado menos que otros; una característica, que hizo que los griegos, con su vivacidad de sentimiento fueran un pueblo profundamente infeliz.

La consecuencia de esto, para la filosofía, es que en los tiempos antiguos no se llegó nunca a la consideración de un problema a través de una serie seguida de pensadores. Aquí cada cual empieza desde un principio, quizás propiamente del contrario; apenas algunos aceptan agradecidos los descubrimientos del predecesor.

Más bien se suelen poner en evidencia las diferencias y aún exagerarlas, y hasta llegar a Aristóteles, cada uno de los grandes miró a los otros con suficiente espíritu satírico. De Heráclito, como griego, no podemos esperar el reconocimiento de méritos ajenos. Al contrario, está inclinado a una áspera acentuación de las antinomias, en paradojas y antítesis, y si a veces menciona un nombre célebre, eso siempre se produce agregándole una malignidad (fr. 40, 57, 129; Plutarco: de lside, 48, 370). La peculiaridad de su destino acrecentó en él el amor propio del hombre excepcional y le llevó a una exageración de los impulsos de originalidad, a un rechazo, por principio fundamental de toda opinión ajena y también a evitar de expresión corrientes, que quizás le sonaban triviales. Bajo esas premisas hay que perseguir el génesis de su pensamiento y medir el grado de su dependencia de los sistemas contemporáneos.

~ Triore - Fires burn, like fires do ~

(1) Sobre la nobleza, véase Wachsmuth, Hellen. Altert. (Antigüedad griega) I, pág. 347 y sig.; J.Burkhardt, Griech. Kulturgesch. (Historia de la cultura griega) l, pág. 171 y sig., IV, pág. 86 y sig.
(2) Fragm. 24; fragm. 25. La numeración de los fragmentos sigue la de H. Diels. Heráclito de Éfeso  griego y alemán, Berlín, 1901. (Esta numeración de los fragmentos está conservada también en la edición de los Presocráticos, de H. Diels,  5ta. ed., Berlín 1 934, Elabor. por W. Kranz. Texto y traducción pág. 150 y sig. Nota del editor alemán).
(3) Frag. 33; fragm. 44.
(4) áristos (óptimo), jaríeis (gracioso), en Homero tienen el sentido de nobleza. Ilíad. VII, 159, 327, XIX, 193. Od. I, 245 y a menudo. Así también en Heráclito, fragms. 13, 29, 49, 104. Hoí polloí (la muchedumbre), fragms. 2, 17, 29.
(5) Entre muchos otros en fragm. 29. Fragm, 104.
(6) Fragm. 43. También fragm. 47.
(7) Dióg. Laert., IX, 3.
(8) Fragm. 121. También fragm. 85.
(9) Dióg. Laert. IX, 6.
(10) Fragms. 24, 25, 29.

Aclaración de El Frente: Obviamos las citas de los fragmentos, dejando las referencias a los mismos. 

* SPENGLER, O. Heráclito: Estudio sobre el pensamiento energético fundamental de su filosofía  (1904). Espasa Calpe. Buenos Aires.  1947. II. Págs. 93-97.

viernes, 2 de agosto de 2013

El Heracliteo Brillo de la Victoria

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Por Friedrich Nietzsche

El devenir único y eterno, la radical inconsistencia de todo lo real, como enseñaba Heráclito, es una idea terrible y, perturbadora, emparentada inmediatamente en sus efectos con la sensación que experimentaría un hombre durante un temblor de tierra: la desconfianza en la firmeza del suelo. Es necesaria una fuerza prodigiosa para convertir esta sensación en su opuesta, en el entusiasmo sublime y beatificador. Y, sin embargo, esto lo consiguió Heráclito por una observación hecha sobre la procedencia efectiva de todo devenir y de todo perecer, que comprendió bajo la forma de polaridad, o sea, como desdoblamiento de una fuerza en dos actividades cualitativamente diferentes, opuestas y tendientes a su conciliación o reunión. Permanentemente una cualidad se divorcia de sí misma y se constituye en cualidad opuesta; permanentemente estas dos cualidades contrarias se esfuerzan por unirse otra vez. El vulgo cree, en efecto, conocer algo sólido, acabado, permanente; pero, en realidad, lo que hay en cada momento es luz y tinieblas, amargura y dulzura juntamente, como dos combatientes cada uno de los cuales obtuviese a su vez la supremacía. La miel es, según Heráclito, dulce y amarga a la vez, y el mundo mismo es un cráter que debe ser removido constantemente. De esta lucha de cualidades contrarias nace todo devenir: las cualidades determinadas, que a nosotros nos parecen permanentes, expresan sólo el instante de equilibrio de un combate: pero este equilibrio no pone fin a la lid, que dura eternamente. Todo acaece con arreglo a esta lucha, y precisamente esta lucha es la manifestación de la eterna justicia.  Esta representación, emanada de la más pura fuente del helenismo y que considera la lucha como el constante imperio de una justicia unitaria, rigurosamente enlazada con leyes eternas, es maravillosa. Solamente un griego podía hallar esta idea y emplearla para cimentar con ella una cosmodicea. Es la buena Eris de Hesíodo, elevada a principio del mundo: es la idea que preside el combate de los griegos entre sí, de los Estados griegos, en el gimnasio, en la palestra, en los agonales artísticos, en las relaciones de los partidos y de las ciudades unas con otras, así sucesivamente hasta constituir la máquina del Cosmos. Así como  lucha el griego, como si sólo él tuviera razón y se viese asistido de un criterio y como si un juez infaliblemente determinase en cada momento de qué parte se ha de inclinar la victoria, así luchan las ciudades unas con otras, según leyes indestructibles e inmanentes a esta lucha. Las cosas mismas en cuya permanencia y consistencia cree la estrecha cabeza del hombre y del animal, no tienen verdadera existencia: son los chispazos y relampagueos que lanzan las espadas que se cruzan, son el brillo de la victoria en la guerra de las cualidades contrarias. (...)
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 ~  Triarii : Victoria  ~
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* Extracto del parágrafo V de "La filosofía en la época trágica de los griegos" (1873). Incluido en NIETZSCHE, F. El nacimiento de la tragedia. Madrid; Alianza Editorial, 1973. pp. 195-266.