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lunes, 9 de septiembre de 2013

Heráclito, un revolucionario conservador

~ Ártemis de Éfeso, guardiana del libro de Heráclito ~
Por Theodor Gomperz

Presentamos completo el capítulo dedicado a Heráclito de la obra "Pensadores Griegos" de Theodor Gomperz. Resulta vital para la discusión sobre el aspecto político del pensamiento del Oscuro.

Lejos del abigarrado tumulto del mercado y de los astilleros retumbantes de Mileto, a la sombra de un santuario ha nacido la doctrina de Ηeráclito [66]. Es éste en nuestra revista panorámica el primer sabio del mundo que no calcula, ni mide, ni traza, ni experimenta; una cabeza especulativa cuya amplitud de espíritu debe ser conceptuada como milagrosa y que aun hoy día solaza y nutre nuestro entendimiento. Pero al propio tiempo un mero filósofo en el sentido menos agradable de la palabra, es decir, un hombre que no es maestro en ninguna disciplina de la ciencia y que se erige en juez de todos los maestros. Numerosos fragmentos de su obra profunda, llena de alegorías y redactada en un lenguaje no del todo exento de amaneramientos, y pocas pero significativas noticias de su vida, nos permiten familiarizarnos con la figura imponente del "oscuro" mejor que con la de cualquiera de sus antecesores y contemporáneos dedicados a la filosofía. Bien pronto por cierto tejió la leyenda su trama en torno de la cabeza del filósofo "lloroso". Las fechas de su nacimiento y de su muerte nos son desconocidas. Su apogeo ha sido fijado alrededor de la 69º olimpíada (504-501) basándose para ello probablemente en un acontecimiento determinado en el cual había participado. Pues este descendiente de los reyes municipales de Éfeso, que pudo haber reclamado para sí el cargo de rey sacerdotal, pero al que renunció en favor de su hermano, intervino sin duda en forma activa y repetidas veces en los destinos de su patria, como por ejemplo cuando indujo al príncipe municipal Melancomas a abdicar de su gobierno [67]. Mas la redacción de su obra difícilmente puede haber tenido lugar antes de 478, deducción que se basa en las condiciones políticas que la misma refleja.

La soledad y la belleza natural fueron las musas de Heráclito. Orgulloso, lleno de invencible confianza en sí mismo, no se ha sentado a los pies de ningún maestro. Pero cuando el joven, entregándose a la meditación recorría las alturas que rodean a su ciudad natal, alturas de una belleza admirable y cubiertas de una vegetación de casi tropical exuberancias [68], entonces más de un presentimiento de la vida cósmica y de sus leyes penetraba su alma ansiosa de saber. Los grandes poetas de su pueblo habían nutrido su imaginación infantil, dotándola de espléndidas visiones, pero no bastaban sus creaciones para brindar a su mente madura una satisfacción duradera. Pues ; ya se habían suscitado dudas —Jenófanes fue el primero— respecto de la realidad de las creaciones míticas, y ya se había inculcado en las almas sensibles un ideal más elevado, del que distaban mucho los dioses homéricos, presos de vicios y pasiones humanas. Heráclito no desea ver cubierto de altos honores al poeta que en unión de Hesíodo (por citar palabras del historiador Herodoto) ha creado la mitología de los griegos; bien al contrario, preferiría contemplarlo "excluido de las conferencias públicas y azotado con la vara". A todas las creaciones de la creencia popular se enfrenta con igual hostilidad: a la adoración de los ídolos que no es otra cosa que "charlar con las paredes"; a la ofrenda de sacrificios, que suplanta una mancha con "otra, "como si el que ha pisado fango quisiera lavarse con fango", a los ejercicios "desvergonzados" del culto de Dionisos no menos que a las "consagraciones nefastas" de los misterios. Tampoco la "polimatía" o "sabiondez" de Hesíodo, "a quien la mayoría sigue como a su maestro", escapa a su vituperio, así como la del matemático filosofante Pitágoras o la del rapsoda filósofo Jenófanes o la que demuestra poseer el historiador y geógrafo Hecateo. Él ha aprendido de todos ellos, pero a ninguno rinde culto. Sólo para la sencilla sabiduría práctica de Bías encuentra una palabra de elogio efusivo. Fuertemente influido por, Anaximandro, demuestra su agradecimiento hacia el mismo no incluyéndolo —como tampoco a Tales y Anaxímenes — entre los tan criticados maestros de la "sabihondez" que "no plasma el espíritu". Todo lo mejor cree deberlo a sí mismo; pues de "todos los discursos que ha oído, ninguno ha alcanzado la verdadera comprensión". Si se encara a los poetas y pensadores, en parte con sombrío encono, en parte con fría desconfianza ¡cuan grande no será su desprecio por la masa del pueblo! En efecto, sus injurias caen como mazazos sobre ésta: "se llenan la panza como animales" y "millares de ellos no pesan lo que un. espíritu selecto". ¿Cómo puede pretenderse que el injuriador de la plebe" [69] quisiese conquistar el favor de las multitudes y que a tal efecto se hubiera preocupado tan sólo de procurar la fácil comprensión de sus exposiciones? A po­cos elegidos se dirige su sabiduría enigmática, sin preocuparse de los más que se parecen a los perros que "ladran a quien no conocen" o también al asno que "prefiere el atado de heno al oro". Ve anticipadamente el reproche que encontrará la forma sibilina y el sombrío contenido de su obra, pero se le adelanta señalando los modelos más gloriosos. El dios pitio "no declara ni oculta, sino insinúa", y "la voz de la sibila que con boca furiosa anuncia cosas ingratas, sin unción y sin afeites", atraviesa los siglos por virtud del dios que habla por su intermedio. Y la recompensa tardía le basta, pues "hay algo que los espíritus eximios prefieren a todo lo demás, la gloria póstuma inextinguible".

viernes, 30 de agosto de 2013

Heráclito: un conservador-revolucionario

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Por Rodolfo Mondolfo

El año anterior a la publicación del ensayo de Spengler había salido en Viena la segunda edición del primer tomo de la obra mayor de Theodor Gomperz, Griechische Denker, cuya primera edición en cuadernos, realizada de 1893 a 1902, había excitado gran interés entre los helenistas, quedando empero desconocida a Spengler que sólo cita un escrito anterior de Gomperz (de 1886, en Wiener Sitzungsberichte).

Gomperz incluye a Heráclito entre los naturalistas jónicos, vinculándolo - a pesar de su soberbia presunción de no deber nada a ningún maestro - con la escuela de Mileto y especialmente  de Anaximandro. Lo considera el primer cerebro especulativo entre los griegos, justificando en parte su orgullo por la superioridad de su sabiduría enigmática, que lo hace menospreciador de los poetas mitólogos y del vulgo que los sigue, así como de la erudición (polymathia) de los investigadores antecedentes. La originalidad de Heráclito no está para Gomperz en su teoría de la materia primordial - el fuego el más apto para el proceso de la vida universal que nunca tiene descanso -, ni en la de los ciclos de transformación v recuperación del fuego (caminos hacia abajo y hacia arriba, coincidentes e idénticos), sino en el descubrimiento de las relaciones entre la vida de la naturaleza y la del espíritu, por cuyo motivo el orden natural se le muestra, más que a Anaximandro, como un orden moral.

El principio universal divino representa para Heráclito la inteligencia y vida universales (Zeus), que en todo ser, así como en el cosmos entero, se manifiestan como ciclo incesante de construcción y destrucción, que se ha realizado y se realizará infinitas veces en el transcurso infinito del tiempo. La teoría de los ciclos cósmicos está asociada con la del flujo universal de la materia «eternamente viviente», comparable con el fluir de un río cuya agua cambia sin cesar. Todo se mueve y cambia aun cuando su transformación escapa a nuestra percepción; lo cual parece a Gomperz una anticipación heraclítea del descubrimiento de los movimientos invisibles que la teoría atomista más tarde explicará.

Como contraparte del cambio incesante, Heráclito afirma la coexistencia de los opuestos, en la cual Gomperz ve presentarse la relatividad de las propiedades: ambas llevan a la negación de toda estabilidad del ser y a la identidad de los contrarios, cuyo carácter paradójico satisface de manera particular a Heráclito, quien prefiere las aseveraciones oscuras y enigmáticas. Sin embargo, sus exageraciones y orgías especulativas sirven para dar relieve a verdades no reconocidas antes de él. Heráclito habría puesto así de relieve el principio de la relatividad, en las sensaciones relativas al individuo, en las instituciones relativas a los tiempos; todo lo cual explica y justifica cambios y contradicciones de que no podía dar cuenta una concepción rígida y estática de la realidad.

Llegamos así a la coexistencia de los contrarios convertida en fundamento de toda valoración, de toda vida v actividad, de toda armonía. El conflicto es padre y rey de todos los seres, de toda jerarquía de valores, que no podrían producirse sin el choque de fuerzas opuestas en el cosmos y la sociedad humana. De allí la exaltación de los héroes muertos en la batalla.

Sin embargo, Heráclito nos reserva una sorpresa aun mayor con la intuición de una ley única que domina en la vida de la naturaleza tal como en la de los hombres: ley de medida, ley divina, logos eterno, cuyo imperio universal se substituye a la multiplicidad arbitraria de los dioses del politeísmo. Gomperz juzga semejante idea inspirada a Heráclito por los descubrimientos pitagóricos de la ley del número en la astronomía y la acústica. Ajeno a las investigaciones exactas, Heráclito podía, no obstante, volverse heraldo de la nueva filosofía. Sus explicaciones a menudo son pueriles, pero su intuición genial de las analogías le permite extender de uno a otro campo los descubrimientos ajenos. En esto le sirve también su elección del fuego como materia primordial, que le ayudaba a unificar el mundo natural con el anímico y el social.

Hacia la intuición de la ley universal le empujaba la exigencia de una permanencia eterna frente al flujo universal de las cosas; semejante permanencia la encuentra en la ley inmutable que se unifica con la materia animada e inteligente en la concepción mística de la razón universal. No es fácil de reconocer esta ley o razón universal, porque la naturaleza ama ocultarse; pero (agrega Heráclito) hay que esperar lo inesperado y ver, aun en las leyes humanas, la ley divina que lo domina todo.

Por esta idea de una ley eterna inmutable - dice Gomperz - pudo Heráclito ser fuente de una corriente religiosa y conservadora; por el principio de la relatividad, en cambio fue iniciador de una corriente escéptica y revolucionaria. Por un lado procede de él el fatalismo resignado de los estoicos y la identidad hegeliana de racional y real; por el otro el radicalismo de la izquierda hegeliana y de Proudhon. Puede decirse, concluye Gomperz, que Heráclito es conservador porque ve en toda negación el elemento positivo; es revolucionario porque en toda afirmación ve el elemento negativo. La relatividad le inspira la justicia de sus valoraciones históricas, pero le impide considerar como definitiva cualquier institución existente.
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~ Von Thronstahl - Adoration to Europa ~
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* MONDOLFO, R., <<Interpretaciones de Heráclito en el último medio siglo>> en SPENGLER, O. Heráclito. 1947. Buenos Aires. Espasa-Calpe. p.15-17.